Queridos Hermanos;
Nos gustaría compartir con todos ustedes una reflexión sobre el sacerdocio ministerial. El año pasado, el Papa Benedicto envió una carta convocando a un año sacerdotal, ya que se cumplen 150 años del nacimiento del Cura de Ars, un hombre que propuso con su vida un modelo de santidad sacerdotal.
En esta reflexión vamos a proceder en cuatro pasos. En primer lugar plantearemos algunas dificultades que aparecen hoy en la vida sacerdotal; en segundo lugar vamos a ver el significado del sacerdocio ministerial en la Iglesia; en tercer lugar, vamos a expresar un pedido de perdón y en cuarto lugar recogeremos algunas propuestas del Papa Benedicto XVI para este año, que sirvan no solo para los sacerdotes, sino para todos los fieles.
1. Dificultades actuales
No es fácil ser cristiano en los tiempos que corren. La cultura actual, más abierta hacia lo espiritual es, sin embargo, muy crítica hacia las religiones. Los valores e ideales de vida inspirados en el Evangelio, se presentan como caducos a muchos sectores de la sociedad contemporánea. Nuestros dogmas, principios y formas de organización para muchos parecen de otra época.
Es cierto que nuestra Iglesia necesita renovación y que algunas estructuras, requieren un cambio profundo, (esto viene siendo marcado por el mismo magisterio de la Iglesia desde el Vaticano II hasta hoy), pero nuestro seguimiento de Jesús, sigue siendo válido como el primer día.
Esto que sucede respecto del cristianismo en general, se da también con la vida de los sacerdotes. Para muchos el cura es un personaje extraño en nuestra sociedad y se le cuestionan el celibato, las actividades que realiza, los bienes que posee o no posee, etc. Verdadero signo de contradicción, despierta adhesiones cuando se lo ve coherente y comprometido (especialmente en algún rol social), y levanta gran polvareda de críticas cuando comete errores, es incoherente o simplemente porque sí, ya que el sacerdote se convierte en el “chivo expiatorio” de las críticas que las personas quieren hacerle a la Iglesia y a la sociedad.
En efecto, con la expresión “los curas”, a veces se designan las estructuras eclesiales con las que se está en desacuerdo y a ellos se les adjudica todo lo que la Iglesia hace mal o lo que no se comprende de su ser y misión.
Este clima no sólo es algo externo a la Iglesia y a los sacerdotes, sino que ellos mismos, sobre todo los más jóvenes, han crecido circundados por una cultura que subestima su ministerio y lo cuestiona. A esto hay que agregarle el hecho de que, para ser sacerdote, como para ser padre o madre de familia, o para tener confiada una comunidad de cualquier tipo, se requiere una aceptable madurez personal, especialmente en lo afectivo. Muchos hombres que hoy son sacerdotes no han tenido fácil el proceso de su formación personal, ya que la familia y las instituciones educativas, también padecen crisis vinculares que no permiten sostener adecuadamente a niños y jóvenes en su camino de crecimiento.
Así, llegan al seminario muchos jóvenes generosos que han recibido el llamado del Señor, pero que tienen que hacer un largo camino de preparación humana y espiritual para desempeñarse con idoneidad y felicidad en el ministerio presbiteral.
Por otra parte, a los sacerdotes a veces les cuesta encontrar su lugar en la sociedad, un espacio claro y definido, tanto para la mirada sobre sí mismos como ante los ojos de los demás. Esta situación los lleva muchas veces a sentirse angustiados y a buscar otras actividades que son tangenciales al ministerio, y que disminuyan la ansiedad de no sentirse totalmente ubicados en una identidad plena.
En efecto, frente a la exigencia del desarrollo individual, el sacerdote experimenta una tensión continua entre un obrar individualista que aparentemente se presenta efectivo y veloz para lograr objetivos pastorales “exitosos”, y el camino comunitario que constituye el modo propio para vivir un ministerio en auténtica comunión con el obispo, el presbiterio y los laicos. El camino de la comunión exige por contraste al anterior, paciencia, comprensión, integración de la diversidad en una armonía que necesita tiempo y oración, para permitir obrar al Espíritu Santo.
Frente a un medio exitista, el sacerdote se encuentra muchas veces con el desaliento por las “frustraciones” que aparecen frecuentemente en la vida apostólica, cuyos resultados son difíciles de evaluar en términos humanos ya que solamente pueden someterse a la mirada de la fe.
También existe una exigencia del pragmatismo en el hombre actual, que necesita sentirse útil, eficaz, y constantemente en acción. El sacerdote puede llegar a percibirse inútil y poco práctico porque no puede encontrar soluciones a la enorme cantidad de demandas que se le presentan, sino que solo puede acompañar y tratar de iluminar con otra luz las situaciones de extremo dolor que suelen cruzarse en su camino.
La dificultad de encontrar su propio lugar en la Iglesia y en la sociedad, se manifiesta de muchos modos y generalmente provoca una gran necesidad de reconocimiento afectivo por parte del pueblo, de sus pares y del obispo. En este terreno se muestra particularmente susceptible a cualquier falta de valoración por la cual puede sentirse dejado de lado o no tenido en cuenta.
2. La Iglesia es un misterio de comunión
Reconocida la complejidad y las sombras de la realidad, debemos mirar ahora, lo que el Señor pensó para su Iglesia y para sus ministros en ella.
Ustedes se preguntarán por qué hablamos de la Iglesia en una reflexión sobre los sacerdotes. Lo que pasa es que no puede comprenderse la vida sacerdotal, fuera del misterio de la Iglesia, ya que el sacerdocio tiene su razón de ser en ella y para ella. Por eso empezamos por esta comprensión.
El Vaticano II nos dice que la Iglesia es un misterio de comunión, porque con su ser y con su vida está llamada a realizar la unidad de las personas entre sí y de todas ellas con Dios. El Concilio nos iluminó mucho en este sentido, y nos llamó la atención sobre el hecho de que la Iglesia no son los edificios, ni las estructuras, es el Pueblo de Dios, formado por todos los bautizados y a cuya unidad están llamadas todas las personas.
Ese pueblo tiene una organización, como toda comunidad humana, en la cual los dones y carismas existen para la construcción del bien común. En esa comunión de bienes materiales y espirituales, y dentro de lo que el catecismo llama “sacramentos al servicio de la comunidad”[1] (“ministerio” significa “servicio”), está la vocación de algunos que son llamados al orden sagrado.
“Sacerdote” significa mediador. El gran mediador entre Dios y los hombres es Jesucristo. Por el bautismo, participamos de esa mediación del Señor, y estamos llamados a poner en contacto con Dios, todas las realidades en las que vivimos. A esta forma de participar del sacerdocio de Cristo la llamamos sacerdocio común de los fieles.
¿Qué diferencia hay entre el sacerdocio común de los fieles y el de los ministros ordenados (los curas)?
Dice el catecismo: “Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden” (n°1547)
Esto significa que el sacerdocio ministerial es un don no sólo para el que lo recibe, sino para toda la Iglesia. Quienes reciben el Orden Sagrado presiden la celebración de los sacramentos, proclaman la Palabra y tienen la misión de animar pastoralmente las comunidades. El modelo de Jesús, Buen Pastor (ver Jn 10,11ss), que da la vida por su rebaño es el que inspira la espiritualidad sacerdotal.
Hoy el sacerdote necesitará más que nunca conectarse con las raíces de su vocación, viviendo desde la fe una profunda amistad con Jesús, que camina siempre junto él.
Si tratamos de utilizar para describir la comunión, imágenes del mundo familiar, podríamos decir que mas allá que en el mundo de hoy la paternidad está en crisis, junto con los demás roles de la familia, experimentamos sin embargo de un modo palpable en nuestras comunidades una ausencia de la imagen de un verdadero padre. Un padre que debe situarse lejos tanto de un paternalismo que anula la libertad y crecimiento del otro, como de un autoritarismo que se trasforma solo en garante de una ley externa y lejana a la realidad del hombre.
La paternidad sacerdotal crea una relación cercana y comprometida con cada miembro del Pueblo de Dios. No es una paternidad sustitutiva de la biológica, sino que es concreta y real aunque de naturaleza espiritual. El sacerdote es testigo del amor del Padre que nos ha revelado Jesús. Un Padre cercano, fiel y misericordioso, capaz de jugarse por la felicidad de sus hijos.
En la Iglesia-Comunión presidiendo la Eucaristía y perdonando los pecados, actuando en nombre de la persona de Cristo, crea como lo hace un Padre, un clima en la comunidad que permite que cada uno pueda ocupar su lugar aportando sus carismas. Es el animador constante de una casa que es de todos porque es la de un Padre que recibe a cada uno respetando su diversidad y ayudándolos a integrarse según el Espíritu.
Es un continuo creador de vínculos nuevos y de profundización de vínculos conocidos. Esta realidad pone al descubierto su felicidad propia, articula la unidad de su vida y constituye la fuente de toda su espiritualidad.
Su celibato está ordenado a vivir esta paternidad de un modo más libre y más profundo. Es señal y estímulo de caridad para con Dios y para con el prójimo. Pero además, partiendo de un corazón pobre y vacío de sí mismo que renuncia a un proyecto propio de familia, el celibato lo identifica con un modo de vivir la pobreza evangélica que lo hace sentir más cercano y abierto a otras formas de pobreza, de exclusión y de marginalidad, frutos de la inequidad social que vive nuestra sociedad.
Así como muchos hermanos carecen de alimentación, de educación, de una vivienda digna, así también el sacerdote vive su celibato como un modo de despojo y de pobreza.
Desde un corazón pobre de sí mismo, va creciendo con él, a lo largo del tiempo, una paternidad fecunda que lo acerca a los hermanos carentes de bienes y de afecto. Lejos de convertirlo en un solterón amargado, le regala una mayor riqueza espiritual. Como dice Pablo VI “En el corazón del sacerdote no se ha apagado el amor... Su caridad profundiza su sentido de responsabilidad, índice de una personalidad madura, la cual expresa en una vasta paternidad que lo llena de plenitud y delicadeza de sentimientos”.[2]
Así como quien tiene hijos biológicos, tiene una especial responsabilidad y una redoblada motivación para vivir; el sacerdote a quien se le confía una comunidad, colma de sentido su existencia desde esta paternidad.
El ministerio sacerdotal, tampoco se entiende a si mismo si no se vive en comunidad, en plena comunión con el obispo y con los hermanos sacerdotes. Comunión que toma formas concretas de fraternidad afectiva y efectiva. Decía Juan Pablo II en un documento sobre la vida sacerdotal: “La fisonomía del presbiterio es, por tanto, la de una verdadera familia, cuyos vínculos no provienen de carne y sangre, sino de la gracia del Orden: una gracia que asume y eleva las relaciones humanas, psicológicas, afectivas, amistosas y espirituales entre los sacerdotes; una gracia que se extiende, penetra, se revela y se concreta en las formas más variadas de ayuda mutua, no sólo espirituales sino también materiales.”[3] Dios nos ha regalado una familia sacerdotal: vivamos el gozo de pertenecer a ella.
3. Pedido de Perdón
Con espíritu de cuerpo y asumiendo la responsabilidad de presidir el presbiterio de la diócesis de San Isidro, queremos pedir perdón a Dios y a toda su Iglesia, por no haber estado tantas veces a la altura del don recibido y de nuestra responsabilidad frente al pueblo.
Queremos pedir perdón por no haber servido con espíritu de pobreza evangélica y mayor generosidad a nuestro pueblo, que demanda coherencia de vida y gozo de servir a Jesús pobre.
Queremos también pedir perdón porque, como dice el Papa en su carta del año sacerdotal “también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono”.
Todos sufrimos por éstas situaciones que siendo siempre graves, quienquiera que las realice, son especialmente perjudiciales cuando se trata de un sacerdote.
Son heridas que marcan a las comunidades, hacen un gran daño a la Iglesia como comunidad creyente y son especialmente difíciles de reparar. No cerramos los ojos frente a ellas, sino que la Iglesia en su conjunto se siente cuestionada y revisa la formación y el acompañamiento de sus ministros.
Otro tema que nos aflige, es el abandono del ministerio por parte de muchos sacerdotes. Se trata de un trance doloroso para toda la Iglesia, que no debe ser tomado como algo normal. Todos necesitamos ayuda para seguir nuestro camino. Así como algunos sacerdotes sabiamente descubren la necesidad de ayudas humanas para superar aspectos traumáticos que impiden el crecimiento; también necesitamos hoy el apoyo y el acompañamiento de hombres sabios en los misterios de Dios, que nos ayuden en un discernimiento que nos haga crecer en las virtudes sobrenaturales.
En cualquier caso, con espíritu de fraterna comprensión y sin abrir juicio sobre ninguna situación particular, pedimos perdón por el desaliento y desánimo que el abandono del ministerio por parte de algunos sacerdotes, hayan causado al Pueblo de Dios, recordando las palabras del Papa Pablo VI, quien en un momento difícil para la Iglesia, decía: “En este punto, nuestro corazón se vuelve con paterno amor, con gran estremecimiento y dolor hacia aquellos (....) siempre amadísimos y queridísimos hermanos nuestros en el sacerdocio, que manteniendo impreso en su alma el sagrado carácter conferido en la ordenación sacerdotal, fueron o son infieles a las obligaciones contraídas al tiempo de su consagración”.[4] /p>
Pedimos perdón, entonces, por todas nuestras infidelidades en el ejercicio del ministerio, implorando la misericordia de Dios y el perdón de nuestros hermanos.
4. Un año sacerdotal ¿Para qué? ¿Para quiénes?
No obstante todas las dificultades, queremos expresar nuestro agradecimiento a Dios por nuestro presbiterio, al que el Espíritu Santo ha colmado de dones y carismas.
Nos sentimos muy felices con nuestros sacerdotes. Agradecemos su generosidad, su entrega, su trabajo y sus sacrificios muchas veces vividos en silencio. Los animamos en su tarea pastoral y queremos manifestar nuestra disponibilidad frente a sus necesidades e inquietudes. Los invitamos a seguir animando la familia de Dios
Creemos que incluso quienes tienen una visión secularista de la vida se sienten conmovidos ante el testimonio de tantos sacerdotes santos, fieles y entregados al servicio de la humanidad.
Queremos que este año sacerdotal sea un año de acción de gracias por el don del sacerdocio, acompañando la carta y el pedido del Papa: “Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso”.
Nos gustaría destacar algunas de las ideas que enfatiza el Papa, para la reflexión no sólo de los sacerdotes, sino de todo el Pueblo de Dios.
· A lo largo del texto Benedicto insiste en la renovación interior y en el testimonio,
“En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”(EN20)”
El año sacerdotal es una ocasión privilegiada para vivir la comunión de carismas y ministerios en la vida y en el servicio de la Iglesia. Esto debe ponerse de manifiesto en la unidad con los otros sacerdotes y con el obispo, y en un espíritu de comunión con todos los miembros del Pueblo de Dios.
“Su ejemplo (el del Cura de Ars) me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal (LG 10) y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos “para llevar a todos a la unidad del amor: ‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua’ (Rm 12, 10). En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de “reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia… (los sacerdotes). Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos”.
· El testimonio de santidad que están llamados a dar, según lo que nos dice el Papa, tiene dos pilares: la Eucaristía y la Penitencia, sacramentos que el sacerdote debe procurar alcanzar al pueblo de Dios y sobre los que debe hablar, sobre todo con su vida.
“El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor”
En síntesis, el año sacerdotal constituye un llamado para todos los miembros del Pueblo de Dios: laicos, religiosos y sacerdotes a valorar, agradecer y custodiar el don que significa esta vocación para la Iglesia. Nos llama también a asumir con espíritu fraterno, en la Familia de Dios, que es la Iglesia, las dificultades que se presentan en este tiempo respecto de la vida sacerdotal.
¿Cómo lo haremos? Volviendo la mirada al Señor, en un año que debería ser de mucha renovación espiritual para toda la Iglesia. De lo que dice el Papa en su carta surgen tres tareas fuertes para este año:
- Una reflexión personal y comunitaria sobre el don del sacerdocio ministerial. Esa reflexión puede abarcar lecturas, charlas, profundización sobre el ser y el hacer de los presbíteros en la Iglesia y en el mundo. Esta tarea cada uno la hará de acuerdo a su vocación y posibilidades.
- Abrir un tiempo de mayor oración, para que el Espíritu nos muestre los caminos de la renovación eclesial que necesitamos y nos haga dóciles para llevarla adelante. Pedirle al Espíritu Santo, la gracia de vivir como propio el tema de la vocación sacerdotal, ya que dicha vocación es un don para toda la Iglesia. Pedir por las vocaciones al sacerdocio y para nuestras familias el don de estar abiertos a que alguno de nuestros hijos sea llamado al ministerio.
- Redescubrir el regalo que nos hace Dios a todos, con el ministerio sacerdotal. Quienes hemos recibido el don del ministerio, volver a entusiasmarnos, reencontrándonos con el gozo del llamado y con la pasión por el servicio a los hombres y mujeres de hoy, desde nuestra vocación sacerdotal. Que nuestra alegría desbordante atraiga a muchos jóvenes y les provoque la pregunta acerca de su vocación.
Que María Santísima, Madre de los sacerdotes y del pueblo sacerdotal, nos haga dóciles a la llamada de Nuestro Buen Pastor Resucitado.
En el día 4 de abril, Pascua de Resurrección del 2010.
Una bendición fraterna,
Mons. Jorge Casaretto y Mons. Oscar Ojea
CARTA PASTORAL SOBRE EL SACERDOCIO
Un don de Amor para la Iglesia
Guía de Trabajo
Estas son una serie de preguntas que nos ayudarán a interiorizar los contenidos de la CARTA PASTORAL. No se trata de encontrar la "respuesta correcta", sino de preguntarnos acerca de lo que estamos reflexionando, para ver qué repercusión tienen estas realidades en la vida de cada uno de nosotros. Sería bueno que escribamos las respuestas, ya que el ejercicio de escribir nos ayuda a concentrarnos y a ponernos en contacto con nuestro interior. Si queremos, después podemos compartir lo que hemos reflexionado, con nuestra familia o comunidad.
1. La carta enumera una cierta cantidad de dificultades que tienen que enfrentar hoy los sacerdotes en su ministerio. ¿Estoy de acuerdo con esa enumeración? ¿Por qué?
2. ¿Qué diferencia hay entre el sacerdocio común de los fieles y el de los ministros ordenados (los curas)?
3. ¿Qué sentido tiene el celibato? ¿Qué relación hay entre celibato y paternidad? ¿Y entre celibato y pobreza?
4. Recorrro mi vida ¿Quiénes son los sacerdotes que me acompañaron en mi camino?
¿Hubo algún sacerdote, que con su testimonio de vida me ayudó especialmente? ¿Por qué?
5. Hago una oración por los sacerdotes con los que compartí mi vida, comenzando por quien me administró el bautismo, agradezco por sus ministerios y pido por sus necesidades y por su descanso eterno si ya han partido de esta tierra.
6. Si soy adulto/a ¿Cómo me sentiría si un hijo quisiera ser sacerdote? Si soy joven ¿Estoy abierto a ser llamado por el Señor para este ministerio? En un momento de oración, pedimos por todos aquellos jóvenes a los que el Señor llama a esta vocación, para que puedan escuchar y recibir el llamado.
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n° 1533 y siguientes.
[2] Documento sobre el celibato sacerdotal, nº 46.
[4]Documento sobre el celibato sacerdotal nº 83.