La Iglesia Católica ayudó a construir la sociedad colonial en Latinoamérica mediante su labor evangelizadora y civilizadora y más allá de las interpretaciones sobre su accionar en esa etapa histórica, más allá de las luces y las sombras que se puedan encontrar, la Iglesia ha caminado junto a los pueblos latinoamericanos y los ha acompañado en todas las vicisitudes realizando no pocos aportes fundamentales.
Acercándonos en el tiempo a los últimos años del siglo S XVIII y a lo que era entonces el Virreinato del Río de la Plata podemos señalar que la renovación ideológica producida en Europa, encontró en los ámbitos eclesiales espacios de elaboración y difusión de ideas y múltiples fermentos espirituales que dieron nacimiento a una cultura ilustrada y reformista Esa renovación fue tomando cuerpo no sólo en sectores del clero sino también de la burocracia y de la naciente opinión pública. Se fueron creando nuevos ámbitos de sociabilidad y de difusión del conocimiento en los que los sacerdotes tuvieron una presencia notoria y activa. Las tertulias en las casas de las familias más notables y en los cafés, ambos frecuentados por ecleciásticos, fueron lugares donde se discutieron y comentaron los temas que alimentarían posteriormente la Revolución.
Lo importante era que existía una pluralidad ideológica que permitió a sacerdotes y laicos concebir horizontes más amplios y nuevas formas de inserción de la Iglesia en el mundo conflictivo y agitado del siglo XIX
En los años que precedieron a la Revolución de Mayo, los párrocos ampliaron sus funciones, crearon escuelas de primeras letras, aplicaron la vacuna contra la viruela y enseñaron técnicas agrícolas a los labradores. Se convirtieron no sólo en portadores de conocimientos sino también en mediadores entre la cultura de las elites y la cultura popular, puente entre el mundo urbano y el mundo rural.
Algunos sacerdotes que se destacaron por sus aportes al desarrollo de las ciencias fueron el presbítero Damasio Larrañaga que descubrió y clasificó varias especies vegetales y fósiles rioplateneses, el presbítero Melchor Fernández profesor de física experimental, el presbítero Saturnino Segurola introductor de la vacuna en el Río de la Plata y profesor de anatomía. El presbítero Feliciano Pueyrredón, hermano de Juan Martín de Pueyrredón fue párroco de San Pedro y Baradero a fines del siglo XVIII y allí practicó por primera vez la vacunación contra la viruela. El presbítero Bartolomé Muñoz fue literato, astrónomo, cartógrafo, arqueólogo y naturalista, actuó en política, fue capellán de varios ejércitos, regresó a Buenos Aires en 1814 y donó al gobierno su biblioteca y su colección de ciencias naturales.
La Revolución de Mayo de 1810 encuentra una Iglesia en ebullición y un clero movilizado no sólo por la política sino también por el futuro de la vida ecleciástica debido a la crisis por la que pasa la monarquía española.
La adhesión a la emancipación del clero revolucionario inspirada en las ideas del jesuita Francisco Suárez quien sostenía que el poder temporal no emana inmediatamente de Dios sino del pueblo, se manifiestó en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo al que asistieron, además del diocesano, 26 sacerdotes de ambos cleros, de los cuales solamente 6 votaron por la continuidad del virrey. En la mañana del 25 de Mayo se presentó una petición popular firmada por 17 sacerdotes pidiendo la conformación de una nueva Junta de Gobierno que excluyera al virrey.
La Primera Junta de Gobierno incluyó en cambio al presbítero Manuel Alberti, cura de la parroquia de San Nicolás entre sus vocales.
El cabildo ecleciástico de Buenos Aires apoyó al nuevo gobierno patrio, junto a un grupo de sacerdotes que ofrendaron sus bienes y personas para sostener la revolución que tuvo un sello indiscutiblemente cristiano pues todos los integrantes de la Primera Junta juraron poniendo la mano sobre los Santos Evangelios. También celebraron el acontecimiento con un Tedeum que se realizó el 30 de mayo de 1810.
Esta unidad entre Iglesia y sociedad civil se manifestó en todas las instancias posteriores. El clero patriota estuvo presente en todas las asambleas, colaborando con la tarea de construir la nueva nación integrando ejércitos, legislaturas provinciales y congresos constituyentes y poniendo en juego su propia vida.
El presbítero tucumano Ildefonso Escolástico de las Muñecas formó parte del grupo de sacerdotes que acaudillaron insurrecciones populares en el Alto Perú y que reclutaron y entrenaron más de 3000 indios que lucharon bajo la dirección de los religiosos en Bolivia, Chile y Perú.
Fray Luis Beltrán fue designado por el general San Martín jefe del parque de artillería del ejército de los Andes por sus conocimientos técnicos en química, matemáticas y mecánica. Hizo la campaña del Perú, luchó bajo las órdenes de Bolívar e intervino en la guerra contra el Brasil.
Fray Justo Santa María de Oro, sanjuanino, fue uno de los precursores de nuestra independencia y de la de Chile. Fue protagonista en el Congreso de Tucumán y soportó persecuciones, deportaciones, confinamiento y prisión.
En ese Congreso que declaró nuestra Independencia, participaron 10 miembros del clero tanto regular como secular, todos ellos con títulos universitarios y sólidos conocimientos de filosofía, derecho y política. Podemos mencionar al Deán Gregorio Funes que fue elegido diputado con el mandato de incorporarse a la Junta donde fue objeto de numerosas consultas de la mayor importancia y redactó la mayor parte de las proclamas, cartas y manifiestos incluído el Reglamento Interno de la Junta de Mayo, que fue el primer instrumento constitucional argentino. Posteriormente trabajó fervientemente en la Asamblea General Constituyente y en 1816 fue electo diputado por Córdoba para el Congreso de Tucumán. Por la provincia de Catamarca participaron el clérigo Manuel Antonio Acevedo y José Eusebio Colombres . Clérigo y Doctor en Leyes; por Tucumán Pedro Miguel de Aráoz .y José Ignacio Thames , ambos clérigos y Doctores en Teología; por Buenos Aires Fray José Cayetano Rodríguez. clérigo, poeta y periodista y Antonio Sáenz clérigo y abogado.La Rioja envió al Congreso al clérigo Pedro Ignacio de Castro Barros y desde Santiago del Estero llegaron el clérigo Pedro León Gallo y el clérigo y Doctor en Leyes Religiosas Pedro Francisco Uriarte.
Los curas llegaron a la revolución con sus propias ideas acerca de las reformas que eran necesarias en la sociedad y en la Iglesia. Influidos por el pensamiento de la Ilustración y el ideario de la Revolución francesa, muchos de ellos, en particular los pertenecientes al clero secular tenían ideas muy claras sobre la organización social y política y fueron los creadores de la “ilustración católica” que como señala Natalio Botana “fue un ensayo de convivencia (...) entre el catolicismo asumido como religión de estado, las libertades públicas y la emergente soberanía de la Nación”
Hombres de sólida formación universitaria estos sacerdotes fueron participantes decisivos en el debate de ideas que siguió a la Revolución de Mayo y tomaron parte en las discusiones sobre la organización del Estado y sobre el rol de la Iglesia en la futura nación.
A mediados del siglo XIX comenzó un proceso de progresiva secularización de las elites políticas y de algunos sectores de la sociedad que iba a acentuarse a partir de 1880.. El discurso político comenzó a desvincularse de lo religioso y los políticos liberales mostraron creciente animadversión a algunas modalidades del catolicismo. Crecieron las sociedades secretas y las sectas masónicas. Cuando se reúne la Asamblea General Constituyente en 1853 se discute el lugar que el catolicismo va a ocupar en la Constitución. Algunas posiciones como la de Alberdi y la de Pedro de Angelis sostienen que el catolicismo es la religión del Estado. “el estado adopta y sostiene el culto católico”. No obstante, otros constituyentes entre los cuales se cuentan sacerdotes como Benjamín Lavaysse y laicos de manifiesta adhesión a la fe católica, optan por sancionar la propuesta que se plama en el texto y que dice que el Estado sostiene el culto católico. Estas discusiones ponen de manifiesto distintas posiciones respecto del lugar que ocupaban las instituciones y la jerarquía ecleciástica dentro de una sociedad en proceso de transformación.
El texto constitucional finalmente sancionado genera protestas de algunos círculos católicos mientras que otros sectores del clero y del laicado adoptan una actitud menos intransigente. Fray Mamerto Esquiu, en un sermón pronunciado den la Catedral de Catamarca el 9 de julio de 1853 induce a los católicos a obedecer y a someterse a los dictados de la Constitución.
Desalojada de los espacios que había ocupado hasta ese momento, la Iglesia comenzó a repensar y reformular su lugar en la sociedad orientándose hacia los sectores medios y populares urbanos y hacia la población rural desarrollando tareas de moralización, servicio social, conversión de los indios y gestión de un sector de la educación, ocupando subsidiariamente los espacios que el naciente Estado no podía atender. Es en esta época que se produjo una valorización de la cultura rural. Hasta entonces, como dice Roberto Distefano, “para el imaginario eclesial el ámbito de la religión y el de la civilización era la ciudad, mientras que la campaña representaba la irrreligión y la barbarie. A partir de este momento el hecho de que las prácticas religiosas aumentaran en la campaña y disminuyeran en la ciudad, convierten al mundo rural en depositario de la tradición religiosa. Y en este sentido, y especialmente luego de las reformas rivadavianas, lo religioso se vinculó más con la tradición federal de los caudillos del interior. En las provincias del interior , en la décadas de 1860, con las insurrecciones del Chacho Peñaloza y de Felipe Varela se retomó la identificación entre identidad étnica –india, negra y mestiza-, identidad política federal y catolicismo.
El mundo católico se recortaba entonces sobre una sociedad que no coincidía necesariamente con él y en ese mundo surgía un nuevo actor social y eclesial: el laicado católico y hacía su aparición la prensa católica que comenzó a manifestar cierto fatalismo respecto del lugar que la religiosidad ocupaba en la sociedad argentina particularmente en la ciudad, ámbito cosmopolita y masivo. En 1857 un artículo del diario La Religión observaba que, “aunque el gauchono lea periódicos sabe valorar la bendición de un obispo. Aún cuando la gente de la campaña es inculta, la presencia del sacerdote es suficiente para recuperar la piedad y las prácticas religiosas.
La vida religiosa y la pastoral asumieron actitudes mas sencillas y emotivas, porque el mensaje pastoral debía adaptarse a las exigencias y necesidades de los católicos que permanecían en las filas de la Iglesia. La religiosidad popular pasó a primer plano como dato concreto de la vida pastoral y se produjo una resignificación de las devociones. La devoción mariana y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús cobraron nuevo impulso y se multiplicaron las iglesias dedicadas a la Virgen.
También cambió en esas épocas la composición social del clero. Si antes la decisión de ingresar en el sacerdocio era fomentada por las familias de la elite, en la segunda parte del siglo la carrera ecleciástica se convertirá en patrimonio de sectores medios de origen inmigratorio.
Llegan nuevas congregaciones al país y otras órdenes como la jesuita y la franciscana, dependiente de la Sacra Congregación de Propaganda Fide, se reincorporan a la vida eclesial argentina y crean escuelas confesionales, hospitales, ámbitos de sociabilidad para los creyentes, canales de difusión de la prensa católica. En estos años se abren en Buenos Aires y en el interior varios colegios católicos
Cuando finalmente en 1880, culmina la organización del Estado y llega al poder el General Roca se desata el enfrentamiento entre la tendencia laicista y la tendencia católica. La elite política buscaba la laicización del Estado y la sociedad en consonancia con sus ideales liberales y positivistas. Los laicos católicos encontraron dos formas de organizarse para luchar contra las leyes que afectaban a la educación, al estado civil y al matrimonio: una fue a través del periodismo y otra a través de una organización que adoctrinara, organizara y promoviera la lucha mediante la participación activa del laicado. Así nació el periódico La Unión y la Asociación Católica presidida por José Manuel Estrada y de la que participaban Emilio Lamarca, Pedro Goyena, Felix Frías, Miguel Navarro Viola, Tomas Anchorena, etc.
Pese a este esfuerzo todos sabemos que finalmente el partido católico fue derrotado y el roquismo implementó las leyes de educación 1420, la ley de Registro Civil y la ley de Matrimonio Civil. También se rompieron las relaciones con la Santa Sede que recién se reanudarán en 1898.
Estos conflictos representaron una fractura entre la autoridad temporal y la espiritual, el Estad y la Iglesia, el ciudadano y el fiel. Y marcaron también un cambio en la Iglesia que al calor de los conflictos se definió respecto de la distinción entre esfera secular y esfera religiosa y adquirió una mayor autonomía de conformidad con los tiempos modernos.
En 1899 se reunió el Concilio Plenario de los obispos de América Latina y se inició el proceso de adaptación de la Iglesia Argentina a la consolidación del Estado nacional y a la romanización de la Iglesia Católica. Ambos fenómenos reflejaban la tendencia general hacia la centralización. En ese mismo año se publicó la primera carta pastoral de los diocesanos argentinos. En los años siguientes se crearon nuevas diócesis y la Iglesia se consolidó institucionalmente.
No obstante debió enfrentar el problema de la escasez de sacerdotes que se fue solucionando a finales del siglo con la creación de seminarios para la formación del clero y una fuerte corriente de inmigración de clero secular y regular. Estos religiosos llegaron a Argentina para misionar en las comunidades de sus connacionales y pronto se dedicaron a organizar el catolicismo en la nueva patria difundiendo métodos pastorales, estilos pedagógicos y técnicas de catequesis de sus países de origen.
A comienzos del siglo XX Buenos Aires crecía en todos los sentidos. Aquella aldea de poco más de 40.000 almas se había convertido en una ciudad moderna que albergaba en 1910, 1.300.000 habitantes distribuidos en 20 barrios. El aluvión inmigratorio llegado al Plata a partir de 1880 había provocado un fuerte impacto en la “gran aldea”. Al compás del arribo de los inmigrantes surgían problemas de vivienda, salud, educación, orden público, delincuencia, protestas obreras e ideologías a ellas vinculadas. En definitiva lo que se denominaba la “cuestión Social”. Frente a estos problemas surgieron corrientes reformistas desde el liberalismo, el socialismo y el catolicismo. La Iglesia como institución enraizada en la historia de los hombres, no fue ajena a los problemas de los trabajadores y a la influencia de las organizaciones anarquistas opuso los Círculos de Obreros fundados por el Padre Federico Grote el 2 de febrero de 1892. La obra de los círculos propendía a la armonización de clases y al mejoramiento de la vida de los trabajadores y sus familias. Gracias a su acción precursora llegó la voz de la Iglesia a todos los rincones del país. Originalmente no figuraba el nombre de católicos para que fuera una institución de puertas abiertas y entraran también los no católicos a los que se debería ganar para el catolicismo. Los círculos tenían por objeto no sólo luchar para promover el bienestar temporal y moral de los trabajadores sino también un medio de alejar a los obreros de los lugares de perdición y ponerlos bajo el influjo de la Iglesia.
El Estado por su parte asumió reformas en el campo de la higiene pública, la salud, las condiciones de vida, la educación, etc. Y también comenzó a plantearse la necesidad de una reforma electoral que permitiera la inclusión de las minorías.
El Primer Centenario dio lugar a festejos de gran magnitud que manifestaban el orgullo de los gobernantes por los éxitos alcanzados. Pero hacia el Centenario la Iglesia no tenía un peso significativo en la vida política ni demasiada visibilidad social en el centro de la ciudad. En cambio se había enraizado profundamente en los barrios más populares algunos de los cuales más que barrios eran distritos enormes que comenzaban a poblarse y estaban alejados del centro de la ciudad. En esos barrios y distritos comenzaron a instalarse santuarios y a celebrarse misiones. Con la ayuda de los vecinos se construían modestas iglesias que se convirtieron en centros de sociabilidad y acción pastoral. Surgían parroquias establecidas con los aportes de industriales y familias distinguidas de la sociedad argentina tanto en el centro de la ciudad como en los barrios. Muchas veces las parroquias se establecían para promover el desarrollo urbano de determinada zona. A veces se construían basílicas como la de Nueva Pompeya que además de cumplir con las funciones de las parroquias, atraían peregrinaciones y se convertían en centro de celebración de misiones.
Otro modo en el que la Iglesia se insertó en la ciudad fue por medio de la relación con las comunidades de inmigrantes. En 1907 el Arzobispado mandó elaborar un informe sobre la inmigración que tendía a asentarse en la ciudad. Se identificaban iglesias vinculadas a comunidades de inmigrantes como la iglesia de la Santa Cruz de la comunidad irlandesa o las de San Carlos en Almagro y la de San Juan Evangelista en La Boca, ambas típicamente italianas.
El escenario se completaba con altares improvisados en lugares apartados, misiones religiosas de corta duración, oratorios festivos y capillas a medio construir.
Lo cierto es que para el Centenario la Iglesia estaba desarrollando una intensa labor de evangelización y de contención social y si bien no ocupó un lugar central en los festejos, orientados fundamentalmente a mostrar el progreso material qué se había alcanzado, los católicos participaron de las celebraciones públicas con entusiasmo.
1916 fue un año pleno de novedades. Asumía la presidencia Hipólito Yrigoyen lider de la UCR elegido por la nueva ley electoral sancionada bajo la presidencia de Roque Saenz Peña. Esa ley imponía el voto secreto y obligatorio y permitía la participación política de la primera minoría. Con el triunfo de la UCR se inició el ascenso de las clases medias que proveerían a la administración pública de elencos de profesionales.
Pero además en 1916 se celebraba el Centenario de la Independencia Argentina y se reunía en Buenos Aires el Primer Congreso Eucarístico Nacional que promovió una intensa movilización católica tanto en los actos de apertura como en los de clausura. También tuvo ribetes imponentes la movilización de los Circulos de Obreros Católicos, loe miembros de la sociedad San Vicente de Paul, voluntarios y ecleciásticos. A la de 1916 concurrieron los diputados Bas y Cafferata. El diario católico El Pueblo afirmaba que “llenose enseguida cuanto espacio hay entre el Congreso y la Plaza por ambos costados, y llenáronse también las calles laterales. Y llegó el momento más impresionante del acto: cuando toda aquella inmensa muchedumbre entonó el himno nacional a los acordes de las diez bandas de música que la acompañaban”.
A partir de ese momento, el catolicismo creció, adquirió vitalidad y se amplió el espacio urbano en el que se realizaban las manifestaciones. Aumentó, así mismo la participación masculina en todos los actos religiosos. En esto años comenzaron las peregrinaciones a Luján.
En 1919 tras la violenta huelga desatada en los talleres Vasena que desencadenó una serie de violentos sucesos que duraron una semana, la Unión Popular Católica organizó una colecta nacional destinada a reunir fondos para obras, viviendas, ateneos, servicios sociales e instituciones de enseñanza para los trabajadores. Actuó en esa campaña el sacerdote Miguel de Andrea inspirado en la doctrina social de la Iglesia y en la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Logró reunir más de 13 millones de pesos.
Los últimos años de la década de 1920 fueron testigos del renacimiento católico. En 1922 se fundaron los Cursos de Cultura Católica y en 1928 la revista “Criterio”. Los intelectuales católicos que concurrían a los cursos y quienes escribían en la revista Criterio, deseaban iluminar todos los ámbitos de la sociedad con la luz de la fe y recuperar la herencia hispánica y católica que el liberalismo había menospreciado. Otros grupos fueron surgiendo entre 1930 y 1943 período durante el cual la inicial preocupación por la reconquista espiritual de la sociedad se fue transformando en acción política. Los intentos de los grupos nacionalistas católicos por cambiar el sistema liberal por un sistema corporativo no tuvieron éxito y tras las elecciones de noviembre de 1931 llegó a la presidencia el general Agustín P. Justo.
En el período de entreguerras el número de parroquias creció sensiblemente debido a la acción sistemática de la Iglesia. En 1930 bajo la dirección del cardenal Copello se trazó un plan para instituir 90 parroquias nuevas desde las que se desplegaría un sistema de instituciones nucleadas en la Acción Católica con el objeto de reconstruir la sociedad cristiana. Se dio prioridad a la creación de parroquias en aquellos barrios donde ra mayor la presencia de anarquistas y comunistas; o aquellos en los que existían iglesias protestantes o instituciones que como la escuela pública constituían una competencia para la Iglesia. La función de las parroquias era combinar los terrenal con lo espiritual: sacar los chicos de la calle, crear instituciones para enseñar costura o idiomas a las mujeres, habilitar consultorios médicos, fundar asociaciones vinculadas al culto o a la religiosidad como los Apostolados de la Oración o las Hijas de María pero también servir como espacios de sociabilidad y de disfrute del tiempo libre.
En 1934 se reunió en Buenos Aires, el XXXII Congreso Eucarístico Internacional. La elección de la sede y la presencia del Cardenal Pacellimsecretario de estado y futuro Papa Pío XII mostró la simpatía con que el Vaticano seguía la reorganización ecleciástica encabezada por el Cardenal Copelo así como el apoyo que rebie del Estado creando algunos diócesis nuevas. Pacelli y Justo recorren las calles en un cocche descubierto Los actos duran cuatro días y la renión final se reliza en la Calle Dorrego y Avenida Alvear donde se levanta un cruz de 35 metros de altos. Los resultados superan las previsiones; ujn millón de personas bajo la lluvia asiste a la jornada fianl en la que el cardenal Pacelli oficia una misa bendiciendo a la multitud. En San Juan, con motivo de tan importante acontecimiento, se realizó un gran acto religioso que congregó a miles de fieles en la plaza 25 de Mayo. Lo mismo ocurrió en otras provincias.
El Congreso Eucarístico Internacional que reflejó el éxito de las asambleas de cuadros y de las movilizaciones y a partir de ese momento la Iglesia movilizó a los católicos de manera sistemática, ordenada y jerárquica, utilizando técnicas modernas como los altoparlantes, la propaganda mural o radial, los emblemas y las consignas.
El catolicismo experimentó un constante crecimiento y puso de manifiesto que la sociedad actuaba movida por un impulso espiritual. Monseñor Franceschi asesoró al Secretariado Económico Social de la Acción Católica creado en 1934 para aplicar los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.
En el ámbito educativo la Iglesia fortaleció sus estructuras: en 1936 se creó la Federación de Maestros y Profesores Católicos y tres años más tarde El Consejo Superior de Educación Católica. También se consolidaron las escuelas confesionales. Se inició por estas fechas la campaña para restaurar la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, campaña que tuvo éxito en Buenos Aires y en Santa Fe.
En cuanto a la actividad pastoral y a la actitud de la Iglesia hacia la cuestión social, se notaron importantes avances. Aumentaron los socios de los Círculos de Obreros y se fundaron nuevos círculos. En 1939 inspirada en la obra del Cardenal Cardijn, comenzó a organizarse la Juventud Obrera Católica con el objeto de constituir un reservorio de futuros dirigentes sindicales.
La Acción Católica comenzó a ocuparse intensamente de la acción social en sus planificaciones anuales y consagró a este tema La Tercera Semana de Estudios Sociales realizada en 1940 y elogiada por una carta pastoral de los obispos que veían la necesidad de cristianizar la clase obrera si se quería prevenir el comunismo y erradicar las condiciones de profunda injusticia que vivía el proletariado nacional.
Más allá de las discusiones o diferencias de opinión que surgieron en el mundo católico respecto de estas propuestas, lo importante es señalar que en el terreno del apostolado social la Iglesia trato de situarse como un actor mucho más autónomo que otros actores sociales.
Hasta aquí el recorrido histórico. A partir de aquí la interpelación es hacia el futuro.
¿Tenemos algo para festejar en este Bicentenario de Mayo?
Tenemos que celebrar lo realizado con sus luces y sus sombras y con la mirada puesta en la esperanza del hacer hacia el porvenir. Festejemos los 200 años de existencia de nuestra Patria y aprovechemos para recordar y reflexionar. La Iglesia, pese a las dificultades que enfrentó en estos dos siglos, ha estado y sigue estando profundamente enraizada en nuestra historia y mantiene su credibilidad y su capacidad de acción. Permítanme terminar mencionando a Joaquín V. González que en mayo de 1910 publicó “El juicio del siglo”, obra en la que analizaba el desarrollo nacional. Creo que este párrafo de la obra nos puede marcar un camino. Tenemos que “poder aprovechar en beneficio del porvenir las terribles lecciones del pasado, entre las cuales habrá que recordar en todo instante la de los desastres y humillaciones de la dignidad nacional, cada vez que en la dirección de los negocios públicos se ha entronizado el espíritu de inmoralidad y de lucro, de peculado o de corrupción general, bajo banderas equívocas de círculos personales erigidos en partidos políticos.”
Dra. Elena Piñeiro
Bibliografía consultada:
Roberto Distefano y Loris Zanatta. Historia de la Iglesia Argentina. Desde la conquista hasta finales del siglo XX. Ed. Mondadori, Bs.As., 2000
Lila Caimari. Perón y la Iglesia Católica, Ariel Historia, Bs.As., 1994
Miranda Lida, Diego Mauro (coord.) Catolicismo y sociedad de masas en Argentina:1900-1050, Prohistoria ediciones, Bs.As., 2009
Francis Korn y Luis A. Romero.Buenos Aires. Entreguerras. La callada transformación, 1914-1945, Alianza Editorial, Bs.As., 2006
Elena Piñeiro.La tradición nacionalista ante el peronismo. Itinerario de una esperanza a una desilusión., Ed. AZ, Buenos Aires, 1997